No sabia que encontraría en el camino. Solo se presentaba ante mis ojos la gentil promesa de un horizonte encantador. Al principio les dije a mis compañeros de viaje, que los esperaba en el punto de partido. Sabía que implicaba esfuerzo y compromiso, y me resistía al intento. Pero, motivada por llegar a la meta, decidí tomar el reto. Inicialmente el cansancio y los inconvenientes robaron mi atención. Pero me propuse disfrutar de las sorpresas y de la compañía de esta jornada, y sin mayor explicación la fuerza y el entusiasmo llegaron. Recorrimos cerca de 6 millas. No llegamos a la cima de la montaña como lo había pensado. Pero, escuchar el cantar de los grillos, respirar aire puro, ver un pájaro carpintero, un coyote (a lo lejos), sentirme acompañada, voltear hacia arriba y ver un cielo totalmente despejado, cambiaron el rumbo de la meta inicial y arrancaron de mis labios un “Gracias” . Definitivamente valió la pena, aunque ahora me duelan hasta los dedos cuando tecleo. Igual en la vida a veces se presentan caminos cuyo destino final no conocemos o en el trayecto tienen que modificarse. Pero negarse a recorrerlos es cerrar la posibilidad a nuevas vivencias que con el simple hecho de experimentarlas se convierten en una inolvidable experiencia.
domingo, 8 de marzo de 2009
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