Para los que no pueden dormir, ahí les va un cuento de niños… para adultos.
Alan y el Hombre Verde.
A pesar de las amenazas de no escapar a la dimensión X, Alan lleva más de cuarenta y cinco minutos asesorando al Trío Galáctico, mientras extrae de su pulgar la inmunidad requerida para sobrevivir en un mundo complicado e insensato. Papá y mamá no advierten su ausencia durante la cena; prefieren masticar el tiempo culpándose mutuamente por sus pecados.
De pronto, la pared de la estancia se desploma y surge de la tiniebla una imagen apocalíptica con el control remoto en la mano:
- ¡Es hora de dormir!
- Pero si todavía es de día, --- responde Alan.
- ¡Es mi última palabra!
Un cambio repentino de color y la aparición mágica de luces intermitentes en el Olimpo, acompañan la sentencia.
Ante la promesa de una temporal tortura, los dientes de leche y noventa centímetros de estatura se convierten en un yugo perpetuo.
Sin otra alternativa se monta en su vehículo de tres ruedas. Desde el momento en que llamado por su vocación de pintor plasmó en el muro de su habitación figuras abstractas, su libertad fue coartada. Conciente de su condena se dirige a su prisión.
La celda es pulcra. Las herramientas que forman parte de la decoración son llamativas y seductoras: ¡Maldito aquel que se atreva a profanarlas!
- Alex, déjame salir, --- se escucha una voz que proviene del armario.
Los mutantes, que alguna vez fueron sus compañeros de jornada, se estremecen y corren a refugiarse a su guarida.
Alan sonríe; su victoria lo exenta de cualquier temor. Recuerda el tiempo en que sin valor ni espíritu mojaba la cama al ver salir de su escondite al hombre verde. Las palabras no brotaban de sus labios y sus ojos se mantenían en alerta desde que la penumbra se apoderaba de su refugio. Recurrir a sus tutores esquivando los pormenores de las peleas domesticas y terminar en sabanas húmedas con un pañal extra-grande, era humillante. Por eso decidió seguir el consejo de los súper héroes: “Si no puedes contra ellos, úneteles.”
Aquella velada fue el inicio de una aventura. De apariencia casi humana, portando un traje sastre y con brillantina en el pelo, el personaje se dedica a perfeccionar su lado oscuro y a convertirlo en cómplice de sus flaquezas.
Una luna más y los dientes continúan encadenados a la encía. Alan está cansado; los infinitos momentos que forman su corta existencia lo deprimen.
- Hoy no te dejare salir; no quiero que me regañe mi papá,. – dice Alan dirigiéndose al armario.
- Vamos, tengo algo importante que decirte.
Ante la insistencia, Alan saca de la manga de su camisa una llave invisible que rompe la barrera de la incomunicación.
Torpe en sus movimientos finge introducir la llave en la cerradura al tiempo que sus labios emiten un peculiar sonido: Chuc, chuc.
- Alan tengo la solución a tus problemas, – dice el hombre verde secándose el sudor de la frente con su pañuelo de seda. – Abre esa ventana y lánzate.
- No te entiendo – replica el pequeño.
- Mira, si te tiras por la ventana no habrá mas psiquiatras, ni enuresis, ni angustias, ni ansiedad, ni… --- vocablos corruptos que forman parte de lo cotidiano.
- ¿Todo lo que tiras por la ventana desaparece? ¿Estás seguro? --- pregunta Alan.
- Tan seguro como que la luna es de queso.
Ingenuo, aproxima un banco y se sube. Abre la ventana. Siente vértigo al observar los coches de control remoto con luces encendidas que se divisan desde el sexto piso. Armado de valentía se sienta en el marco de la ventana y asoma sus pies desnudos al abismo.
- Espera, tengo que ponerme los zapatos. No me dejan salir a la calle sin ellos, --- dice al tiempo que se aparta de su destino suicida.
Un recorrido por el oasis urbano y sus padres continúan con el debate. Toma sus botines ortopédicos que descansan sobre el sofá y los calza con su acostumbrado antagonismo.
En su camino de regreso encuentra una hoja de papel con dibujos realizados con su mano izquierda. Durante la terapia el psiquiatra le recomendó inmortalizar sus fobias en un papel: el psiquiatra, el Ritalin, la sopa de verduras, el cinto, los pañales, papá, mamá,… y el hombre verde. Un instante de reflexión y el itinerario cambia.
- Como tarda, – el hombre verde mira con impaciencia el reloj.
Alan cruza el umbral de la prisión y se aproxima de nueva cuenta a la ventana.
- ¿Estás listo? -- pregunta el personaje.
El movimiento de su cabeza anuncia la respuesta. Se sube al banco, asoma sus pies calzados al abismo y saca del bolsillo de su pantalón el papel intencionalmente mutilado y lo tira. En fracción de segundos el hombre verde se esfuma y la celda se convierte en un acogedor cuarto de infantes.
Los mutantes aplauden el acto de heroísmo y lo premian con diminutos pizzas de plástica. Con la certeza de que será difícil digerirla, Alan agradece la gentileza pero se niega a aceptarlas:
- No tengo hambre, prefiero esperar al desayuno.
Busca en el bolsillo de su pantalón los restos del papel y lo extiende: Papá y Mamá.
Se asegura que continúen en la disputa por el mando. Sabe que con la aparición del astro rey los residuos de las adversidades sanan; un oportuno beso de buenos días, chocolate y pay de manzana serán suficientes.
Alex bosteza, pone los muñecos de papel bajo la almohada y acompañado de su dedo pulgar se pierde en las fantasías secas de un mejor mañana.
sábado, 28 de febrero de 2009
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